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La incertidumbre en la discapacidad adquirida

La incertidumbre en la discapacidad adquirida

 

Pedro era trabajador de mantenimiento de carreteras cuando se detuvo para ayudar a un camión averiado y un vehículo chocó con su furgón de tal forma que él quedó atrapado por las piernas. Cuando despertó en el hospital, asustado al sentir gran dolor y observar que una de sus piernas no estaba, se percató de que algo había ido realmente mal.

Le explicaron que tras diversas intervenciones tuvieron que amputarle la pierna, no se la pudieron salvar. 

Estaba en estado de shock, atemorizado. Su vida, en cuestión de segundos, se había desmoronado. No podía creerlo. Se sentía triste, enfadado, frustrado y deprimido.

Se preguntaba “¿qué será de mi vida?” Esa incertidumbre en relación al futuro, de vivir sin una extremidad.

Su mente era como una “olla a presión”: “¿Cómo voy a soportar ese dolor el resto de mi vida?” “No podré valerme por mí mismo”, “No podré trabajar más de lo mío”, “Con lo joven que soy no puedo vivir de una paga”,  “No podré volver a montar en bicicleta”, “¿Cómo voy a subir las escaleras de casa?”, “¿Cómo será mi vida a partir de ahora?”, “¿Qué podré hacer?”… Preguntas y más preguntas inundaban su mente, todas enfocadas al futuro, a lo que él pensaba que podría ocurrir. Ese miedo a no saber qué es lo que ocurrirá y a no tener el control sobre su situación.

 

¿Cómo puede afectar la incertidumbre?

A nivel físico: Principalmente nos podemos encontrar somatizaciones del tipo dolor de cabeza, náuseas, alteraciones gastrointestinales, cansancio…

A nivel psicológico: el estado de ánimo puede verse condicionado por la sensación de falta de control, por esa indefensión e impotencia ante la situación, que al mismo tiempo hace que la motivación disminuya, puede aumentar la rumiación, que a su vez puede generar trastornos del sueño, sentimientos de culpabilidad, tristeza, rabia…

A nivel de conducta: El miedo y el querer deshacernos de la incertidumbre puede llevar a la persona a buscar información acerca de su problema, tratamientos y soluciones en fuentes no verídicas.

 

¿Cómo puede tratarse la incertidumbre?

En primer lugar, podemos centrarnos en buscar información y tratamientos basados en la evidencia científica. Existe gran cantidad de fuentes de información (ensayos publicados, libros…).

También puede ayudar el formar parte de alguna asociación para poder acceder a recursos, servicios, apoyo e información. Las asociaciones facilitan información sobre la condición en la que se encuentra la persona, enfermedad, tratamientos. También organiza actividades, acciones de divulgación social, da asistencia social y psicológica…

Por último, ayuda profesional cuando esta incertidumbre interfiere significativamente en tu día a día.  En este caso, la terapia se orienta a favorecer la asimilación, mejorar tu estado de ánimo, disminuir la ansiedad y los miedos.

    Si la incertidumbre es un aspecto que realmente te incapacita en tu día a día podemos encontrar conjuntamente el plan de tratamiento personalizado que aborde tus síntomas y satisfaga tus necesidades.

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    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

    Colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya.

    Y si necesitas ayuda contacta conmigo y pide una cita.

    El trauma: Trastorno por estrés…

    El trauma: Trastorno por estrés…

     

    Es normal tener dificultades para dormir y pesadillas, recuerdos desagradables recurrentes que te generan elevado malestar (miedo, culpa, tristeza…), sentirte sobresaltado, inquieto o nervioso… cuando percibes que tu vida está en peligro. Por ejemplo, por el hecho de vivir una guerra, sufrir un atraco, un accidente de tráfico, violencia de género o una agresión sexual. Todo se te hace cuesta arriba, con dificultad para adaptarte y afrontar esa situación. En algunas ocasiones, con la atención necesaria y el autocuidado, pasado máximo un mes después del suceso, ya te sientes mejor. Aquí estamos hablando de un trastorno por estrés agudo.

     

    Sin embargo, en algunas ocasiones los síntomas se pueden prolongar en el tiempo. Persisten los recuerdos intrusivos recurrentes e involuntarios, con flashes de memorias de la situación que te generan una angustia y malestar psicológico intenso. Evitas “a toda costa” recuerdos, pensamientos y sentimientos relacionados con el evento traumático que te ha ocurrido. Te bloqueas emocionalmente, pierdes interés en actividades personales y sociales que antes del trauma te resultaban interesantes. Presentas alteración del sueño. Todo ello se traduce en un cuadro clínico más complejo, el trastorno por estrés postraumático. Este suele aparecer después del primer mes del trauma, sin embargo, en ocasiones, también puede diagnosticarse años después.

    Si, por ejemplo, has sufrido una agresión sexual puedes mostrar una actitud retraída, evitar el contacto físico, presentar sentimientos de rabia, culpa, reexperimentar el acontecimiento, hiperalerta…

    O una persona que ha tenido un accidente de tráfico grave puede verse incapaz de volver a conducir, revivir constantemente las secuencias del accidente, vivir en un estado de hipervigilancia constante ante estímulos que le recuerdan el accidente…

    Este trastorno puede aparecer, incluso cuando la persona es expuesta a un evento traumático, pero de forma indirecta, por ejemplo, que le han explicado una situación en la que ha habido muertes o amenazas a la integridad de otras personas.

    Y cuando la sintomatología de la persona en la edad adulta se centra en una desregulación afectiva podemos estar hablando de trastorno postraumático complejo.

    Cuando hacemos referencia a desregulación afectiva nos referimos a qué la persona para soportar el dolor emocional recurre a síntomas disociativos como:

    • La despersonalización, que es la sensación de como si se soñara o sentido de irrealidad de uno mismo, como si uno mismo fuera un observador externo de sí mismo, esa sensación de no sentirse “conectado” al cuerpo.
    • La desrealización, que es la percepción del entorno como irreal y extraño, lejano.
    • Amnesia disociativa, refiriéndose ésta a la imposibilidad de recordar información personal importante.                                                                                                                                                                                                                          Este trastorno puede llevar a conductas conductas impulsivas de riesgo como comportamiento sexual de riesgo, autolesiones, agresiones físicas, dificultades para establecer relaciones sociales que les lleva al aislamiento, dificultad para identificar y expresar las propias emociones, sobre todo las referidas al dolor, autoconcepto negativo… generando una mala adaptación frente a emociones extremas.

    La diferencia con el trastorno por estrés postraumático radica en la complejidad de los síntomas principalmente vinculada a la duración y repetición del trauma.

    Aquí un ejemplo, que puede reflejar esta alteración son las situaciones de violencia de género prolongada. Ello puede hacer que la víctima recurra a la discociación, a la desconexión social, para poder soportar una realidad insoportable haciendo mella en la personalidad de la persona, pudiendo llegar a abusar de tóxicos para bloquear las emociones negativas.

     

    ¿Quién tiene más predisposición a sufrir un trastorno por estrés postraumático?

    Cualquier persona puede presentar un trastorno por estrés postraumático, ya sea en la infancia, adolescencia o en la edad adulta. Implica personas que han experimentado o presenciado un choque emocional intenso causado por un acontecimiento o circunstancia negativa como es una guerra, una agresión física o malos tratos, un accidente de tráfico o laboral, abusos sexuales, una catástrofe natural, un ataque terrorista…

    Sin embargo, cabe destacar que no todas las personas con estrés postraumático han experimentado una situación estresante en la que hayan temido por su integridad física. En algunos casos, el hecho de conocer que dicho evento ha sido experimentado por un familiar o amigo puede ser suficiente para desencadenar este trastorno.

     

    ¿Cuáles son los factores de riesgo que aumentan la probabilidad de padecer un trastorno por estrés postraumático?

    • Haber experimentado anteriores situaciones traumáticas, principalmente en la infancia.
    • La intensidad y severidad del trauma.
    • El tiempo de exposición a la situación traumática.
    • Recibir escaso apoyo social tras un acontecimiento traumático.
    • Presentar rasgos de personalidad desadaptativos (paranoide, antisocial, límite…).
    • Presentar antecedentes personales o familiares de trastorno mental (depresión, trastorno obsesivo-compulsivo, ansieadad…).

     

    ¿Cómo se trata el trastorno por estrés postraumático?

    El abordaje desde la psicología es la psicoterapia. Las terapias que han mostrado altos niveles de evidencia para el tratamiento de los recuerdos traumáticos son:

    • La terapia cognitivo-conductual: desde la que, por una parte, se trabaja la psicoeducación y los patrones de pensamiento que bloquean a la persona y, por otra, la exposición intensiva enfrentando, en un entorno de seguridad, lo que teme la persona desarrollando capacidades para manejar el estrés.
    • Terapia de desensibilización y reprocesamiento de movimientos oculares (EMDR): los recuerdos no procesados ni elaborados cuando sucede una situación traumática son desbloqueados, procesados e integrados por el sistema nervioso.

     Si tienes síntomas de estrés agudo, postraumático o postraumático complejo podemos encontrar conjuntamente el plan de tratamiento que aborde tus síntomas y satisfaga tus necesidades.

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    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

    Colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya.

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    El aislamiento social

    El aislamiento social

     

    Todos en algún momento hemos tenido el deseo de estar solos. Sin embargo, algunas veces sin darnos cuenta e inconscientemente, cuando tenemos una discapacidad, vamos disminuyendo la relación con nuestro entorno de forma continuada, dando lugar al aislamiento social y, al mismo tiempo, desencadenando en sentimientos de soledad. Dejamos de mantener cualquier tipo de relación, nos alejamos de nuestro entorno, lo que comporta consecuencias importantes tanto para nuestra salud como para nuestro bienestar.

     

    ¿Qué diferencia existe entre el sentimiento de soledad y el aislamiento social?

    Es importante no confundir la percepción de sentirse sol@ con vivir sol@, y con no disponer de una red de relaciones sociales.

    El sentimiento de soledad lo asociamos con la falta de contacto con otras personas, pero la verdad es que en muchas ocasiones, aun y estar rodeados de personas, nos podemos sentir solos. Es lo que llamamos soledad emocional. Tenemos esta percepción de soledad porque nos sentimos incomprendidos, desatendidos, desamparados y no contamos con personas en las que podamos confiar.

    ¿Cuántas veces algún familiar o amigo no entiende que nosotros no podemos hacer algo cuando se trata, por ejemplo, del dolor de la fibromialgia? Como es algo no observable, a veces es complicado que otras personas entiendan lo que se sufre.

    El aislamiento social es la ausencia de contacto social con otras personas; es cuando nos distanciamos, ya sea de forma voluntaria o involuntaria de nuestros amigos, familiares, conocidos… si bien, habitualmente suele ser un distanciamiento involuntario que viene dado por diversas circunstancias (enfermedades que hacen que las personas del entorno se distancien, discapacidades motoras que hacen que no puedas realizar determinadas actividades…).

    Aunque los dos conceptos pueden estar relacionados, podemos estar socialmente aislad@s y, sin embargo, no sentirnos sol@s y, por otra parte, tener este sentimiento de soledad, manteniendo un entorno social considerable.

     

    ¿Cómo se manifiesta el aislamiento social?

    La persona que se está aislando a nivel social es aquella que muestra retraimiento, disminuye actividades sociales de ocio, ha dejado de realizar alguna actividad que antes hacía, ha reducido actividades en las que había implicada interacción social, tiene tendencia a quedarse sol@ en casa o a realizar actividades en solitario, no se relaciona con otras personas.

     

    ¿Cuáles son las causas del aislamiento social?

    Éste puede darse por diferentes circunstancias. Algunas de ellas pueden ser:

    • Trastorno de ansiedad o depresión: esta vivencia subjetiva de malestar puede llevar a la persona sentirse abrumad@ por la gente, con escaso interés en las relaciones sociales, o bien, el miedo a estar en lugares donde hay mucha gente hace que la persona trate de evitar dichos espacios con tendencia a retraerse y a aislarse socialmente.
    • Haber sido víctima de bullying o acoso escolar: el rechazo por parte del entorno en el que se vive puede hacer de estos niñ@s adultos introvertidos, con dificultades para relacionarse y confiar en los demás, con tendencia al retraimiento.
    • Accidente o enfermedad médica que limita a la hora de salir: puede ser aquella persona que después de un accidente tiene una movilidad reducida, lo que le impide poder salir de casa, con el consecuente aislamiento social que comporta. O bien, aquella persona que tiene fibromialgia y, por sus dolores, tiene dificultades en la deambulación y se queda en casa.

     

    ¿Cómo se puede tratar?

    El objetivo principal es detectar el origen de las dificultades que presenta la persona y, en base a éstas, trabajar la recuperación de la confianza personal en uno mism@ y en el entorno, proporcionando estrategias personales de afrontamiento.

    Asimismo, algunas acciones que puedes intentar están centradas en buscar recursos que puedan suponer una oportunidad de encuentro con otras personas como:

    • Contactar con alguna asociación, por ejemplo, si tienes una discapacidad, donde podrás encontrar personas con situaciones similares a la tuya con quien podrás relacionarte quizás más fácilmente y compartir experiencias.
    • Buscar una actividad grupal que te guste donde puedas interactuar y relacionarte con otras personas (clases de yoga, clases de pintura, risoterapia…).

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    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

    Colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya.

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    ¿Te resignas o aceptas?

    ¿Te resignas o aceptas?

     

    La vida transcurre entre una amalgama de experiencias. Experiencias que a veces te aportan aspectos positivos y otras que son experiencias complicadas las cuáles te presentan acontecimientos que no puedes cambiar y que debes afrontar. Por ejemplo, la aparición de una enfermedad crónica como la Fibromialgia.

    Ante el diagnóstico de una enfermedad de este tipo es habitual que te veas inmers@ entre la tristeza, la impotencia y la frustración por no poder hacer nada al respecto ante la realidad que te toca vivir.

    Y es fácil caer en la resignación, en este sufrimiento que provocan los pensamientos repetitivos de no poder hacer nada, luchando contra esta realidad, anclándote a este pasado sin discapacidad que ya no está, lo que te bloquea y evita que busques opciones, dando fuerza a la creencia de que “esto es lo que hay y no puedes hacer nada”. Ello hace que tomes el papel de víctima con la consecuente sensación de impotencia y frustración.

    ¿Y cuáles son los pasos a dar para poder seguir adelante?

    La respuesta más acertada es la ACEPTACIÓN. Es fundamental aceptar lo que te pasa para mantener cierta estabilidad psicológica y procurarte la fuerza para poder seguir adelante, a pesar de las limitaciones, encontrando formas de sentirte lo mejor posible a nivel emocional.

    Dicho de otra manera, es una forma de adaptarte a las circunstancias adversas, sin intentar cambiar, luchar ni negar lo que no puedes controlar.

    Para ello, es importante:

    • Conectar con las emociones displacenteras, con aquello que sientes y donde lo sientes en el cuerpo, sin intentar eliminar estas sensaciones.
    • Poner nombre a estas emociones, dándoles espacio y expresando lo que sientes.
    • Deshacerte de los juicios de valor y alinear tus pensamientos y comportamientos en dirección a la aceptación de las circunstancias tal y como son.
    • Disminuir la rumiación del “por qué me pasa a mi” y céntrate en el “qué puedo hacer para sentirme mejor”.
    • Focalizarte en aquellas cosas que sí puedes hacer para mejorar tu bienestar.
    • Estructurarlas en forma de pequeños pasos.

    Ello te llevará a integrar nuevos aprendizajes y a descubrir nuevos recursos para hacer frente a esta experiencia.

    Sin embargo para llegar a este punto primero debes llevar a cabo un análisis sobre lo que depende de ti y, está bajo tus manos poder cambiarlo, como son tus emociones, sentimientos, pensamientos y acciones y lo que no está bajo tu control como es una enfermedad.

    Y también es importante que realices un trabajo de tomar consciencia de donde te encuentras en el contexto de tu enfermedad, circunstancias o problema. Si estás anclad@ en la resignación o te orientas hacia la aceptación dando paso a esta experiencia dolorosa, sosteniéndola, sin quedarte atrapado en estas sensaciones y emociones desagradables.

    Por todo esto, es importante no confundir la aceptación con la resignación.

     

    ¿Y cuál es la diferencia entre Aceptar y resignarse?

    Cuando te resignas sufres porque comparas tu situación actual con tu anterior situación, quedándote apegad@ a ella con una actitud pasiva ante la creencia de no poder hacer nada, llevándote a impotencia.

    Mientras que la aceptación implica entender que hay cosas que no dependen de ti, sin embargo, aún y no poderlas cambiar, puedes modificar la actitud con la que enfrentas la situación. Es una actitud de cambio, activa. Al no mantenerte anclad@ en el pasado, te permite poder abrir nuevas perspectivas y encontrar nuevas posibilidades.

    Mientras que la resignación genera sufrimiento porque no admites tu situación y estás a la espera de cambios que no llegarán nunca porque no tienes control sobre ello, la aceptación es gestionar, soltar y liberarte después de asumir que no está en tus manos cambiarlo.

    Piensa que cuando empiezas a aceptar tu realidad, tú cambias y en consecuencia también cambia tu experiencia subjetiva de la realidad. Esa situación que antes percibías tan inaguantable también cambia.

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    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

    Colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya.

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    El efecto del acoso escolar en la edad adulta

    El efecto del acoso escolar en la edad adulta

     

    Berta tiene 40 años y padece una distrofia muscular degenerativa. Ya en la infancia caminaba con dificultad hasta que a los 11 años de edad, precisó de silla de ruedas para desplazarse.

    Recuerda la escuela con tristeza. No salía al recreo porque la escuela no estaba adaptada para personas con discapacidad física, quedándose sola en clase, así como tampoco podía ir a excursiones. En la clase la sentaban en la última fila para que no estorbara con la silla.

    Por su forma de andar fue objeto de risas, miradas y empujones continuos, que la hacían caer al suelo, así como sentirse ignorada y aislada por parte de sus compañeros de clase. A pesar de que eran cuarenta niños en clase le resultaba muy complicado tener amigos.

    Actualmente, arrastra consecuencias de este periodo, que ella define como muy duro. Mantiene baja autoestima, con necesidad de aprobación por parte de su entorno, evitando los conflictos y valorándose escasamente.

    Tiene habilidades para el dibujo y la pintura y, a pesar de que su entorno se lo dice, duda de su capacidad.

    El caso de Berta es un claro ejemplo de acoso escolar o Bullying.

    Como ella comenta en la entrevista, hace unos años, era un concepto escasamente conocido y al que apenas se daba importancia. Sin embargo, en la actualidad oímos hablar mucho de acoso escolar o bullying, pero ¿exactamente qué es?

    Es un fenómeno que se caracteriza por un acto intimidatorio físico o psicológico por parte de una o varias personas hacia otra, que sobresale por una característica que es cogida por el “abusador” o “abusadores”.  Dicho acto se prolonga en el tiempo. Puede ser fácil de detectar dado que se da delante del grupo-clase, pero en muchas ocasiones sucede de manera sutil y pasa desapercibido. A nivel físico el agresor puede dar golpes, patadas, pellizcos… mientras que a nivel psicológico profiere insultos, burlas, ignora… a la víctima. Dicho comportamiento mantenido en el tiempo genera en la víctima baja autoestima, depresión, ansiedad, bajo rendimiento académico, fobias, desconfianza en los demás, sentimiento de soledad… y estas consecuencias traspasan en la vida adulta.

    Algunas consecuencias del acoso escolar en los adultos:

    Los efectos del acoso escolar dependen de diferentes factores como el tipo e intensidad de abuso, la duración, las características de la persona que lo sufre y, el apoyo recibido en aquellos momentos.

    • Dificultades en las relaciones sociales. El aislamiento social que se da en la edad escolar como mecanismo de defensa tiende a mantenerse en cierta forma en la edad adulta. Estas personas suelen ser introvertidas, con dificultades para relacionarse y confiar en los demás por temor a posible insidia y, en los casos más extremos, pueden desarrollar fobia social.
    • Baja autoestima. El acoso conlleva baja autoestima, hace que la persona pierda la confianza en sí misma y en sus capacidades, que se sienta poco válida.
    • Dificultades para establecer límites a los demás. Son personas que evitan el conflicto, por lo que obvian dar su opinión, emitir quejas o desacuerdos, eludiendo la confrontación a toda costa, lo que fácilmente acaba haciendo mella en su salud, disminuyendo aún más la autoestima y provocando ansiedad.
    • Estrés. La persona experimenta elevados niveles de estrés de forma sostenida ante el miedo a las agresiones, que pueden limitar en la edad adulta su capacidad para responder a situaciones que ellos perciben similares.
    • Trastornos psicológicos. La manera de funcionar de la persona en el presente se ve condicionada por alteraciones psicológicas, consecuencia del acoso, como ansiedad, depresión, fobia social…

     

    ¿Qué puedes hacer para compensar las consecuencias del bullying en la edad adulta?

    El acoso laboral puede dejar una huella negativa en la persona que lo ha sufrido, sin embargo existen diferentes estrategias que puedes poner en práctica:

    • Trabajar la forma de interpretar los pensamientos automáticos negativos y el significado que les das, dado que los pensamientos juegan un papel importante en cómo te sientes y te comportas. Si los pensamientos son distorsionados con mucha probabilidad te sentirás mal y, al contrario, si son más adaptativos y/o positivos.
    • Tomar el conflicto como una oportunidad para afrontar y resolver una situación, de la cuál puedas aprender y, en la que ambas partes podéis perder algo, sin embargo, al mismo tiempo también ganar. Deshaciendo la creencia de que en un conflicto siempre hay uno que gana y otro que pierde.
    • Aprender técnicas para mejorar tu autoestima, cómo hacerte consciente de la forma en que te hablas, enfocarte en tus habilidades y fortalezas y reconocer tus propios logros.
    • Pedir ayuda profesional en caso de dificultades que no puedas enfrentar tu sol@. 

    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

    Colegiada por el Colegio Oficial de Psicólogos de Catalunya. 

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    La motivación

    La motivación

     

    ¿Has intentado alguna vez hacer ejercicio físico o perder peso? 

    Es posible que empezaras con muchas ganas, pero poco a poco, se te hiciera “cuesta arriba” y, ante las dificultades añadidas de la discapacidad, perdieras esa “fuerza”, terminando por abandonar la acción que te habías propuesto.

    ¿Te identificas? Aquí podríamos decir que perdiste la motivación.

    Lo cierto es que cambiar un hábito, llevar a cabo una acción o introducir algo nuevo en nuestra vida, en ocasiones, resulta difícil. Sin embargo, si “alimentas” esa voluntad te permitirá seguir adelante e incluso en las situaciones más complicadas.

     La Real Academia Española define la motivación como “el conjunto de factores, internos y externos, que determinan en parte las acciones de una persona”.

    Podríamos decir que es como la fuerza que te hace actuar orientándote a lograr un objetivo o a satisfacer una necesidad.

     Tu grado de motivación no viene dado únicamente por el valor de aquello que lo provoca, sino también por la importancia que le das tú.

    Tipos de motivación: 

    La motivación intrínseca nace de ti, de tu interior con el fin de satisfacer tus deseos, necesidades, intereses, curiosidad, satisfacción, disfrute… Es tu propia voluntad de hacer las cosas. El hacer la actividad o tarea que tu mism@ te marcas ya te conlleva una recompensa en sí misma.

    Es el disfrute de un trabajo por el mero hecho de hacerlo, es disfrutar de la pasión por un hobbie, es participar en un concurso porque te divierte…

    Cuando se despierta tu motivación interna disfrutas más del proceso que del resultado final. El verdadero objetivo que buscas en este caso es sentirte autorrealizad@ y disfrutar.

     

    La motivación extrínseca puede definirse como aquellos estímulos externos a ti, que te vienen de fuera, como por ejemplo la presión social, la recompensa, el castigo, la aprobación… Diríamos que realizas la conducta con el fin de conseguir algún tipo de recompensa y no por el disfrute de la realización de la conducta en sí misma.

    Es participar en un concurso para ganar un premio, es trabajar a pesar que no te guste el trabajo para ganar más dinero…

     Así, podemos decir que mientras que la motivación extrínseca viene impulsada por recompensas o castigos externos, la motivación intrínseca se basa en los deseos internos.

     

    ¿Qué es mejor tener motivación intrínseca o extrínseca?

    Una motivación no excluye a la otra. La presencia de una u otra dependerá del contexto y de la existencia de éstas en la persona. Con tal de alcanzar los mejores resultados es importante un equilibrio entre las dos.

    Cuando inicias una tarea o una acción, en ocasiones es necesaria la motivación extrínseca para incentivarla, mientras que, una vez iniciada, lo ideal sería que se mantuviera por la motivación intrínseca, dado que al ser una motivación que no depende concretamente de las situaciones del entorno, fomenta la perseverancia en la tarea.

    Por ejemplo, has empezado a realizar ejercicio físico porque el medico te lo ha recomendado para mejorar tu salud. Sin embargo, sería importante que perseveraras en llevar a cabo ejercicio físico porque te gusta y has encontrado ese punto de disfrute haciéndolo.

     

    ¿Cómo promover la motivación intrínseca? 

    • Trabajar en el autoconocimiento: te permitirá conocer tus propias capacidades, fijar tus propios límites y, en consecuencia, establecer tus propias motivaciones, sin que estas se vean disminuidas por la rutina o expectativas demasiado altas.
    • Asumir la propia responsabilidad: el asumir la propia responsabilidad (locus de control interno) aumentará tu motivación interna, mientras que culpar a los demás de lo que te sucede (locus de control externo) hará que, bajo la percepción de no control, esta motivación desaparezca.
    • Estimular la curiosidad: puede ser el impulso que despierta y/o aumenta el nivel de motivación hacia una acción.
    • Retomar la experiencia: tus vivencias anteriores, cuando estas han sido satisfactorias, pueden dirigir e impulsar tu motivación ante estímulos similares.
    • Marcarte desafíos: te motivan a seguir adelante manteniéndote comprometido con tu objetivo. Visualizar los beneficios que te aportará la consecución de los objetivos que te marques determinando lo que necesitas y como actuarás, incentivas la necesidad de sentirte competente.
    • Deshacerte de los “debería”: Los “debería” te enfoca hacia tareas impuestas promoviendo la motivación extrínseca, siendo posiblemente insuficiente para sentirte bien, mientras que si te focalizas en el “querer”, tomarás el control de lo que haces para satisfacer tus necesidades.

     Después de todo lo aprendido… ¿qué te parece si empiezas a poner en marcha tu motivación intrínseca para mejorar tu bienestar?

    Lídia Palou

    Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.

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