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Vivir con dolor…

El dolor es un fenómeno complejo que implica no solo una parte física sino también emocional. Viene condicionado por factores orgánicos, psicológicos, ambientales y culturales. No es lo mismo, por ejemplo, la concepción del dolor en culturas orientales, donde es percibido como parte de la vida con el que se debe aprender a convivir, que en nuestra cultura donde el dolor se considera algo negativo que debemos evitar a toda costa. O, no es lo mismo el dolor de una persona que se hace un esguince, cuando ésta tiene una amputación de una pierna y el esguince le afecta al tobillo de la pierna sana, que cuando no tiene discapacidad y se hace un esguince.

 

¿Qué ocurre cuando sientes dolor?

Podemos decir que es como un círculo vicioso: tienes dolor y evitas ciertas actividades por el dolor. Esta falta de movilidad te produce tensión muscular, que incrementa a su vez el dolor, y ante esta sensación, aparecen pensamientos que generan impotencia, frustración y tendencia a inactividad pudiendo desencadenar todo ello en ansiedad, depresión, insomnio, baja autoestima, aislamiento social… contribuyendo éstos a que centres tu atención aún más en las sensaciones corporales de dolor, haciendo que la percepción de dolor se mantenga, o incluso aumente.

 

Aspectos básicos.

En el dolor hay implicados tres aspectos básicos: fisiológico, emocional y cognitivo.

  • Fisiológico: La función del dolor es avisar de que una zona de nuestro cuerpo está expuesta a una posible lesión y, activa a nuestro organismo para poner en marcha mecanismos con el objetivo de evitar o reducir el daño. En este punto podemos distinguir entre el dolor agudo, que dura un tiempo relativamente corto y, el dolor crónico, que puede durar semanas, meses, años.
  • Emocional: La aparición de dolor tiene una gran influencia en el estado de ánimo pudiendo generar ansiedad, tristeza, irritabilidad… lo que, al mismo tiempo, estas emociones aumentan la percepción de dolor.
  • Cognitivo: Los pensamientos que nos invaden contribuyen a la interpretación que podamos hacer del dolor. Por ejemplo, si tienes un dolor en el brazo hasta el pecho lo vivirás diferente si te “enganchas” a pensamientos tipo “Tengo un infarto, me voy a morir”, que si piensas “he dormido con una mala postura y me duele esta parte”.

Cuando hablamos de la parte emocional y cognitiva, no podemos obviar el sufrimiento.

En primer lugar es importante hacer una distinción entre dolor y sufrimiento.

El dolor no siempre comporta sufrimiento. Así como el dolor es una vivencia tangible, identificable, que está presente de manera real en quien lo sufre, pudiendo conllevar emociones tanto placenteras (al dar a luz, ante una cirugía estética…) como displacenteras (ante un accidente con lesiones, dolor del miembro fantasma…); el sufrimiento está más relacionado con pensamientos y emociones desagradables y radica en la reacción de la persona ante un hecho determinado, y no tanto en la realidad en sí misma (fallecimiento de un ser querido, pérdida de un trabajo…).

 

Tratamiento del dolor físico.

De ahí, que es importante orientar el tratamiento hacia un enfoque interdisciplinar, principalmente cuando el dolor es crónico.

En primer lugar, es importante que comprendas la relación entre los aspectos psicológicos y el dolor, es decir, el círculo vicioso entre dolor y tensión. Que entiendas como el dolor provoca tensión muscular y malestar anímico y éstos a su vez incrementan el dolor.

Asentadas las bases del dolor, nos podemos enfocar en disminuir la ansiedad, la tensión e indirectamente el dolor mediante las siguientes técnicas:

La práctica de la respiración y la relajación muscular. Nuestro ritmo respiratorio, también refleja nuestro estado de ánimo y tensión. Esto se debe a que la respiración involucra numerosas estructuras y músculos de tu cuerpo y al no respirar correctamente contribuyes a generar tensión en la zona. La respiración abdominal o diafragmática, que se refiere a la inhalación lenta y profunda de aire que expande el diafragma y llega hasta el fondo de los pulmones promueve la calma, la relajación y disminuye el dolor. Las técnicas de relajación tienen por objetivo interrumpir el círculo vicioso tensión-dolor-tensión, por lo que se consigue disminuir la ansiedad y en consecuencia el dolor. También, al focalizar la atención en las tareas de relajación te distancias de la experiencia de dolor.

Mindfulness para aprender a relacionarte con el dolor a través de la aceptación y el aprendizaje. El reenfocarte en la experiencia del ahora hará que dejes de quedarte atrapad@ en pensamientos y sentimientos negativos facilitándote el conectar con la calma del presente y de esta forma reducir el componente afectivo-cognitivo que incrementa la experiencia del dolor.

La atención y distracción. Puedes controlar tu atención y retirar el foco de esta experiencia de dolor que te limita. Puedes manejar la atención, dirigiéndola a estímulos internos (atender a la respiración), externos (escuchar música, practicar algún hobbie…)  o a tus sensaciones (relajación al destensar los músculos en la relajación muscular) y/o pensamientos (recuerdos agradables).

Ejercicio físico. La inactividad provoca un deterioro físico, dolor y malestar emocional. Puedes buscar asesoramiento profesional para que te asesore sobre el ejercicio más adecuado para ti.

La narrativa terapéutica. Escribir desde tu dolor te permitirá conocerlo más, y conocerte más a ti mism@, entender tus propios sentimientos y necesidades, permitiéndote poder tener más control de tu dolor.

La identificación y reconocimiento de pensamientos negativos y emociones desagradables (rabia, tristeza, ansiedad, miedo, frustración…) y entender su relación con el dolor. Ello te permitirá distanciarte de ellos como forma de manejar dichos estados emocionales.

Aprender a vivir con dolor es el gran reto que debes superar para disfrutar de tu vida.

 

Autora

 

Lídia Palou

Psicóloga y Coach. Especialista en discapacidad.